8 de junio de 2012

¡Qué grandes son tus obras, Señor! -Parte 2-


Anécdota de estos días...
 

¡Tus caminos son una locura, rompen mi humanidad, 
                                              pero son los únicos que quiero recorrer!
                                                                                (Cecilia Perrín - Sierva de Dios - Focolar, Argentina)
 Amigos,

Nuevamente les escribo, los molesto, les quito "algo" de su tiempo, para compartirles cómo siguió la historia de mi relación con el ordenanza de la facultad, quien (charlando, luego de una confusión) me contó que su hija había fallecido... (quien no entiende o está "desconectado", lea el mail anterior que está abajo).

Resulta que luego de aquél día las cosas fueron cambiando para mejor. El señor, dejó de ser "el ordenanza", y pasó a ser Víctor. Su compañera de trabajo también dejó de ser "la ordenanza" y pasó a ser Griselda.
Me animo entonces a pensar en 'voz alta': ¡Qué lindo es que te llamen por el nombre!, ¡Que lindo es que al entrar a la facultad te puedan decir 'Hola Víctor!', 'Hola Griselda', 'Hola Jorge'!. Es un trato más personal, más amable. Es un pequeño (muy pequeño) desafío para cada uno de nosotros: conocer cómo se llama aquél que limpia en la facultad y saludarlo por su nombre, cómo se llama el/la recepcionista, y saludarlo por su nombre, etc. Al menos intentarlo. Es un gran gesto. Pero bueno...¡volvamos a lo nuestro!:

Aquello que Víctor me contó, me dejó pensando. ¿Qué le puedo regalar?, ¿Qué gesto puedo hacer para con él?. Necesito demostrarle que estoy para lo que necesite, pensaba por dentro. Al menos eso es lo que profesamos siempre: "presencia en la universidad, Evangelios vivientes, ser otro Cristo, etc...etc...etc...". Llegó una ocasión particular y especial, pero... ¿de qué manera hacer presente a Jesús en tan difícil momento?. No esnada fácil, ¿no creés?. Igual, me animé a evaluar la posibilidad de hacer algo por él.

Finalmente, decidí comprarle un libro. Después de dos semanas o tres, cuando junté algo de dinero, fui a la librería y busqué, busqué... busqué. Terminé convenciéndome en llevar un libro con un título un tanto shockeante, título que interpela. "¿Por qué a mi?" se llama, y su autor es Anselm Grüm, conocidísimo autor, prestigioso y buen escritor. Un monje benedictino de Alemania.

Fue el cuarto libro que hojeé. El libro comienza algo así: "En el Tsunami de Indonesia murieron ......... personas, en el terremoto de Japón murieron ........ personas, en tal catástrofe murieron tantas personas, etc... y uno podría preguntarse: ¿Dios deja que pasen estas cosas?, ¿allí está presente Dios?. Y cuando nos pasa a nivel personal, podemos preguntarle: ¿Por qué a mi?".

Enseguida me entusiasmé. Dije interiormente... ¡este le va a servir!. Lo compré.
Llegué a casa y me puse a escribirle una dedicatoria. Le escribí lo siguiente, se los comparto:


Querido ordenanza amigo,
Desde aquel día en que Usted me contó lo que sucedió con su hija, no dejé de rezar no sólo por Ud. sino también por toda su familia, pidiéndole al Señor que lo acompañe y que le de fuerzas para afrontar esta nueva etapa de su vida.
Sé que nos conocemos muy poco. Para ser sincero, sólo hemos hablado una vez. Sin embargo, cada día que entro a la universidad los pasillos están impecables, mi aula está limpia y la facultad está muy bien ordenada. ¡Y esto no se hace solo!. Están usted y sus compañeros de trabajo allí detrás, cuidando cada detalle, para que disfrutemos las instalaciones al máximo. Esto quiere decir que, sin conocernos, usted ha hecho y hace cada día mucho por mí, mucho por nosotros (los alumnos). Por tanto, lo mínimo que podía hacer cuando me contó lo de su hija era acompañarlo con la oración y por qué no, este pequeño presente que le puede ayudar a clarificar aún más el momento que está atravesando.
Espero pueda leerlo y aprovecharlo.
Quedo a su disposición para lo que necesite.

Luego de escribir, volví a ponerlo dentro del envoltorio de regalo y lo llevé a la facultad.

Ese día, no me animé a dárselo. Pensé por dentro "quizás se enoje conmigo por lo que hago". Al segundo día, cuando estaba preparado para dárselo de repente me dije "no, hoy no... no me animo".


Tercer día. Llego a la facultad, subo las escaleras, voy hacia donde está la pieza de los ordenanzas pero había a dos metros de la puerta unos jóvenes que no conocía. Sin embargo, se me cruzó por la cabeza algo que me desanimó: "Están estos chicos. Al verme dándole un regalo al ordenanza seguro quedo como un gil, o me miran desconcertados. No, hoy no, otro día".

Así, día tras día iban surgiendo esas pequeñas tentaciones que no sólo me hacían mal a mi sino que retrasaban el bien que podía llegar a hacerle a Víctor. Sin embargo, te juro que en ese momento, por más que esté tu intención, miles de cosas te hacen pensar por dentro que eso está mal, o que podés quedar mal. Muchas 'voces' que te dicen ¿¿estás seguro de esto??...
Esto, en vez de ayudar, te desanima.
Sin embargo, tarde o temprano, al juntar coraje lo iba a hacer.
Estuve como una semana. Hasta que un día que no lo encontré, decidí dejárselo a Griselda, otra de las ordenanzas que conocí en esas semanas, hablando sobre el estado de ánimo de Víctor.

Ella me prometió que se lo daría. Eso sucedió un jueves. Yo quedé en que durante la próxima semana lo iba a parar a Víctor y le iba a preguntar si le había llegado.

Pero nuevamente, la semana siguiente, al verlo, no me animé. Por dentro surgieron los mismos pensamientos estúpidos que me frenaban "quizás esté enojado porque pensando 'este pibe se comió el título de psicólogo", o... "¡me da un libro!, como si eso solucionara la muerte de mi hija". En fin... se me cruzaba todo esto y me daba vergüezan frenarlo.

El Jueves 1ero de Mayo, una semana después de darle el libro a Griselda, salí del aula al pasillo junto con Alejandra, una compañera. La acompañaba a tomar agua.

Ibamos charlando los dos por el pasillo y de repente veo que a unos diez metros venía Víctor hacia nosotros (hasta ahora, como leyeron en la dedicatoria, él no me reconocía, pero yo sí a él). De repente, llegó el momento en que lo cruzamos y con mi amiga le dijimos (por respeto, nada más) "Adiós, ¿cómo le va?".

Inmediatamente, luego de pasarlo, escucho a mis espaldas su voz baja, titubenado, diciendo medio entrecortado "Vo, vo, vos, voss... ¿sos....?...". En ese instante me doy vuelta y le digo "Si, soy yo!" (suponiendo que me iba a preguntar si era el chico del libro). 

Enseguida volvió hacia donde estaba y sin decirme nada me abrazó fuertísimo y al mismo tiempo lo abracé yo. Fue como uno de esos abrazos que solemos darnos (al menos yo lo suelo hacer) en el saludo de la paz. Ese abrazo en el que te deseo la paz como si fuera el último minuto de vida y te deseo lo mejor de lo mejor, ni más ni menos que 'la paz de Cristo'.

Fue un abrazo muy significativo para ambos. Luego del abrazo, llenándosele de lágrimas los ojos, me dijo "muchas gracias hermano, estoy leyendo el libro, me está haciendo muy bien".

Le respondí "de nada, es lo mínimo que puedo hacer, ¡todos aquí lo queremos ver bien!". Agregué: "Para lo que necesite, no lo dude, allí estaremos".

Esto fue hermoso. Sinceramente no dejo de dar gracias a Dios por todo lo que me está mostrando, enseñando y dando en mi paso por la universidad. Cada día, en mis charlas con Él le digo "estoy seguro que me llamás a estar HOY en la universidad. Estoy seguro que desde siempre me tuviste preparado este momento. ¡Qué sorpresa Señor!, ¡Gracias!. Todo lo que me hacés vivir, todo lo que ponés en mi camino, me confirma que hoy me querés en esta facultad, que Vos me trajiste hasta acá".

Sinceramente, así como dudé mil veces en darle el libro a Víctor, dude algunas veces en escribirle nuevamente a ustedes. Pensé "nahhh esto es algo que debe quedar entre vos (o sea yo) y Dios", "si lo andás contando a otros, seguramente sea para hacerte ver... y vos sabés que eso está mal". 

Luego pensé varias veces más si eso que sentía por dentro eran palabras de Dios o del coludo, del maligno. Y si bien la reflexión no fue muy larga, para serles sinceros, resolví lo siguiente: estas cosas -buenas- tenemos que contarlas. 

Yo me pondría muy felíz si alguno de ustedes me comparte sus andanzas de la facu, del trabajo, de donde sea. Si me comparten sus felicidades y también sus tristezas. ¡para eso está la comunidad!. Estas cosas (creo) nos fortalecen y animan. Ojalá compartamos todo lo que nos sucede y podamos sentirnos más hermanados que nunca, en un mundo que nos necesita ver así: unidos, dando testimonio, gritando a viva voz que amamos a Cristo Jesús.

Estos días he recibido algunas respuestas de la primera parte de esta historia. Jóvenes como vos, como yo, que me contaban algunas cosas que le habían sucedido en la facultad, en algún lado en particular. Cosas, momentos, historias, que les dieron mucha felicidad, mucho ánimo. ¡Eso tenemos que hacer con frecuencia!, compartir más nuestras vidas. Si somos un sólo cuerpo en Cristo Jesús, debemos estar más que unidos. ¡¿o alguna vez viste un cuerpo que funcione separado?!.

Antes irme... te dejo el punto 15 del documento "Presencia de la Iglesia en la Universidad y en la Cultura Universitaria" (indispensable para nosotros. Cortito además). Dice así:
"La presencia de los católicos en la Universidad constituye de por sí un motivo de interrogación y de esperanza para la Iglesia. En numerosos países, esta presencia es en efecto a la vez imponente por el número, pero de alcance relativamente modesto; ésto es debido al hecho de que demasiados profesores y estudiantes consideran su fe como un asunto estrictamente privado, o no perciben el impacto de su vida universitaria en su existencia cristiana (...) es necesario constatar que la presencia cristiana parece por lo general reducirse a grupos aislados, a iniciativas esporádicas, a testimonios ocasionales de personalidades famosas, a la acción de éste o aqué movimiento" (15, PIUCU). 

Nosotros estamos para cambiar esto, es decir para estar presente realmente en las universidades, para hacer resonar el nombre de Cristo en cada rincón de la facu. A unos les costará más que a otros, en algunas facultades será más difícil que en otras. ¡Seguro!. 
Pero todos, en mayor o menos medida, debemos dar razones de nuestra esperanza.
Pidámosle a Dios la gracia y la fortaleza para poder continuar anunciando Su Nombre en nuestras facultades, para evangelizar la cultura, para 'hacer de todos los hombres una sola familia en Cristo Jesús', como decía Dolores Sopeña.

¡Abrazo grande para todos!

Seguimos aventurándonos por estos caminos que nos propone Jesús. Caminos llenos de vida y esperanza, caminos que valen la pena ser recorridos! 

 Fin, ¡hasta nuevo aviso!.
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