15 de junio de 2012

En medio de tanto ruido, Su voz se sigue escuchando.

"La cosecha es abundante, pero los obreros pocos. Rueguen, por tanto, al dueño que envíe más obreros a la cosecha"    (Lc 10, 2).

 
Queridos amigos,

Quisiera compartirles hoy algunas alegrías que he tenido estas últimas semanas. 
Esta vez, tiene que ver con la vocación. Ya sabés... no hablo de ser docente o ingeniero, de ser albañil o pintor. Eso sería más bien una profesión.

La vocación, del latín "vocare" (o 'vocatio'), significa 'llamado'. Es el llamado de una persona a otra y su deber de responderle. Es la inspiración con que Dios llama a algún estado. En otras palabras, podríamos decir que la vocación es el destino que Dios elige para cada persona. En los laicos, la vocación está vinculada a cumplir con la voluntad de Dios en la vida cotidiana, en el mundo; mientras que, para los religiosos, la vocación tiene que ver con servir a Dios en la Iglesia.



Historias de estos días...
Pero me gustaría contarte dos historias que me han compartido. 
En primer lugar, la de José (reservo los nombres verdaderos, por respeto).
Nos conocimos por las redes sociales y comenzamos a hablar de nuestras vidas. Comenzó contandome sobre su historia personal, hasta que en un momento, este joven (hoy consagrado) me dijo cómo llegó a entregar su vida a Dios:

"Por mi parte yo soy hijo de un matrimonio de divorciados así que la fe católica estuvo presente "a nuestra manera". Yo terminé por pelearme con Dios y considerarme ateo hasta los 19 años más o menos. Dirigía un periódico en mi universidad de crítica a cuanto se moviera, Iglesia incluida. Un buen día me tope con un consagrado de mi comunidad que destruyo uno por uno todos mis argumentos en contra de la Iglesia. Yo que no era un tipo demasiado cerrado empecé a interesarme por la Iglesia, a estudiarla, poco a poco a quererla... la Iglesia me enseño que a Dios se lo busca con los instrumentos correctos y con el corazón abierto, de lo contrario no puede haber búsqueda fructífera. La Iglesia y su historia me condujo hasta Cristo y Cristo convulsionó mi vida, mis parámetros, mis límites y mis planes.

Empecé a hacer apostolado con mis amigos. Mantenía a la par una relación con una chica excelente y católica. Empecé a ver signos de una posible vocación. Termine con la chica, volví con la chica, termine con la chica, volví con la chica... estaba confundido. Terminé con la chica. Hice una promesa de discernir mi vocación por un año. Descubrí que Dios me llamaba. Acepté.

Hace 7 años estoy consagrado a Dios. No es una vida fácil. Como te digo, hay que aprender a amar con el corazón consagrado... es difícil... estoy aprendiendo... pero soy muy feliz. No es una felicidad exuberante, gritona, alocada... es mas bien sobria y dulce, que va madurando en el amor por una Persona, en la oración, en la certeza de vivir una vida con sentido, en la expectativa inocente de una vida sin fin..."

Hermoso testimonio, ¿no?. Quisiera estar ahí donde estás vos, viendo tu rostro, intentando descifrar cuán hondo te llego.
Cuando me escribió esto, quedé impresionado por semejante experiencia de vida.
Seguramente, si vos hubieses sido compañero de José en la universidad, nunca hubieses esperado este cambio de 180°, ¿o si?. Alguno podría haber estado rezando por él. Otros, pensando que ya estaba perdido, que era un pecador sin vuelta atrás. 
Sin embargo, lo más importante aquí, es ver como Dios iba preparando su corazón. Los ruidos de cada día no fueron un obstáculo para que el Señor hablara por dentro, que insistiera, que se hiciera oír. 
Seguramente por momentos, el corazón de José ardía como el de los discípulos de Emaús. Ardía por amor, y quizás sin entender aún por amor a quien. 
¡Y miren qué sorpresa se llevó luego de unos años!.


Pero José no fue (ni será) el único. Dios no se queda callado, no descansa. Su voz se hace oír suave pero ininterrumpidamente en nuestros corazones. Cada uno escuchando esa llamada tan particular, tan única, tan personal, va descubriendo qué es lo que el Señor quiere para nosotros.

El segundo mensaje, el cual recibí hace algunos días atrás, fue de una amiga que conocí hace 3 o 4 años. Le escribí para ver cómo andaba, para saber 'algo' de su vida. Y entre mensaje y mensaje, me respondió lo siguiente:

"siento que la educación como servicio es clave y me pregunto si por ahí no es lo mío eso... servicio permanente y digo..no sera que tengo que ser monja?"

¿No te llama la atención?...¿no te da felicidad?. 
Me gustaría saber, sinceramente, qué se te cruza por dentro, qué sentimientos, qué pensamientos, al leer estos dos testimonios tan ricos.

El primero, un joven que ya entregó su vida a Dios. El segundo, una joven que está en búsqueda de una respuesta a esa 'vocación' de la que hablábamos más arriba. Y no nos entusiasmemos, quizás finalmente no sea su vocación ser consagrada o quizás si. Eso no nos compete a nosotros, sino a Dios, y a la respuesta que ella vaya dando. Quizás descubra más adelante que realmente no era su vocación (ser consagrada), o bien esté más que segura y felíz por haber tomado la decisión de entrar al noviciado. ¡solo Dios sabe!.
A nosotros nos compete rezar para que Dios haga Su voluntad. 
De todas maneras, imagino como debe estar esta chica... 
Plantearse una vocación religiosa es algo muy fuerte. Algo muy hermoso seguramente, pero con sus momentos de cruz también. Como cualquier vocación. El matrimonio también tiene momentos alegres y momentos complicados. Lo importante es no perder el norte... ¿por quién hacemos todo esto?, ¿a quién entregamos nuestras vidas?.
Ya entraremos en más detalles, más adelante seguramente.

Estos dos casos que te nombré, me hacen pensar en una sola cosa. ¡son parte de nuestra familia!, ¡ellos también son parte de nuestra hermosa Iglesia!. Quizás estén a tu lado, sentado/a en el mismo banco que vos durante la Misa. Allí él/ella se está planteando la vocación para toda su vida. ¿increíble, no?. Y vos, rezando a su lado, acompañándolo/a como hermano/a en la fe, aún sin siquiera saber todo lo que a él/ella se le cruza por dentro. 
¡Esa es la Iglesia que amo!, ¡una Iglesia hermana, que se hace familia en torno a la mesa del altar, en torno a la Eucaristía!.
¡Es importante rezar los unos por los otros!.
Quien está a tu lado, durante la Misa es un hermano en Criso Jesús. Es más importante de lo que vos creés. No es 'alguien' más. Es tu hermano/a.
¡te une lo más grandioso que puede haber para un católico: EL BAUTISMO!, pertenecer a la Iglesia de Cristo, la Iglesia Católica.

En la Biblia, encontré una cita que podría resumir esto que estoy diciéndote:
"Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, pues quien nos ha hecho la promesa es digno de confianza. Procuremos animarnos unos a otros para poner en práctica el amor y las buenas obras; no abandonemos nuestras reuniones, como algunos tienen por costumbre, sino fortalezcámonos mutuamente, tanto más cuanto que ya ven que el día se acerca"
(Heb 10, 23-25).
Pidámosle al Señor entonces, que nos permita vivir siempre unidos a Él, poniendo en práctica el amor y las buenas obras, a fin de dar a conocer Su Palabra a todos los hombres.
Que nos de la capacidad para seguir acompañándonos unos a otros en la Iglesia.
Que nunca perdamos el profundo sentido comunitario y que acompañemos a aquellos hermanos/as que inician su discernimiento vocacional, o bien a los que ya han respondido a esa llamada siendo hoy familias, sacerdotes, religiosos/as o consagradas.
Que así sea.

Hasta pronto!




Fuentes consultadas:
-Catholic.net
-www.definicion.de/vocacion/
-http://www.devocionario.com/varias/vocaciones_1.html

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