28 de mayo de 2012

Cada uno de nosotros, instrumentos de Dios, para hacer el bien.

              ¿No ardía acaso nuestro corazón 
                          mientras nos hablaba en el camino?
(Lc 24, 32)

Sinceramente, estuve pensando todo el día en vos. Pensando cómo contarte esto. 
Algo me desafiaba por dentro. Una voz... 
Me decía constantemente "dale, escribí", "contales lo que sentís", "animate".
Esto me llevó a descubrir con el paso de las horas, que no fue "algo" sino "alguien".
Fue Dios, estoy seguro. 

Y vos me dirás: ¡¡Ahh, si...!! ¿¿y cómo sabés eso??.

Te aseguro que una sola señal te basta, para darte cuenta que eso que vivís cada día, es de Dios: el estado de tu corazón. Cuando las cosas son de Dios, tu corazón arde, se prende fuego por dentro, buscás calmarlo pero por el contrario quema mucho más.
Es Él, te lo aseguro. Es Él que, como a los discípulos de Emaús, te hace arder el corazón con su sola presencia. En la naturaleza, en las cosas sencillas de cada día, en un abrazo que se funde entre dos amigos, en el amor -de verdad- que se tienen los novios, los esposos.
Vos tenés la posibilidad de sentir esto CADA DÍA DE TU VIDA. Sólo hay que callarse un poco más, dejar de hablar tanto por dentro  llenando de ruidos el alma, para dar paso al Señor. Cuando Él entra, ¡viene para quedarse!.

Obviamente, habrá días que arda más que otros. Habrá días que no lo sientas tanto. No porque Él no esté allí, sino porque seguramente no estés sintonizando su canal. 
El hecho de vivir tan inmersos en el mundo hace que a veces nos ahoguemos en miles de actividades. Cuando esto sucede, podemos olvidar el motivo por el cual hacemos todas las cosas, hasta incluso el motivo de nuestra existencia. 
Sin embargo Él no se va. Atiende las 24 horas. Esto debe quedarte clarito.

En fin... volviendo, te comentaba...
Durante la semana que pasó me inquieté por algunas cosas que se fueron dando en cadena. Venía creciendo gradualmente. Un enfriamiento espiritual quizás. Esto traía como consecuencia visiones un tanto pesimistas sobre algunas cosas, un poco de desconfianza sobre otras, y desgano también.

Mi grupo de amigos de la Pastoral Universitaria, realizaban este fin de semana un campamento y, como años anteriores, ya había confirmado mi asistencia. 
Durante la semana anterior al campamento, recordé que tenía un compromiso el día sábado. Intenté arreglar todo como para estar presente en ambos lugares, pero no pude. Así que me terminé quedando en la ciudad. 
Cuando resolví esto, resongué un poco conmigo mismo, y Dios no estuvo al margen de esa discusión, obviamente. Pero luego de unos minutos todo pasó. 
Le dije a Jesús "Está bien, está bien... me quedo. Tenés razón. Me comprometí con esto, me quedo acá". Quizás, con todo esto, tengas preparadas otras cosas más lindas, o más importantes para mi vida.

Finalmente, el sábado, hablando con unas hermanas consagradas, surgió la idea de ir a visitar a los chicos el Domingo, y participar en la Misa junto con ellos.

Llegó el Domingo. A las 8:45 estaba arriba. Me vestí, preparé el mate, unos CD's con música folckórica y salí al encuentro de las monjas. 
Ellas son cuatro, viviendo en comunidad. 
Los cinco emprendimos la marcha hacia Maizales, el pueblo donde se hacía el campamento. Un pueblo que no tiene más de 15 casas alrededor y queda a unos 40 kilómetros de Rosario.
El viaje fue estupendo. Música, mates, charlas, risas y hasta nos perdimos en el camino.

Llegamos al pueblo. Hasta ese momento, mi estado de ánimo venía al 50%. 
Estaba felíz, por supuesto, pero venía (como dije antes) un poco cansado de la semana y espectante de cómo andarían los chicos, y con cierta pena quizás por no haber ido al campa.

Comencé a saludar uno por uno, mujeres y varones, sucios por el barro, otros con olor a humo, a los no tan sucios y también los más limpitos, que recién salían de bañarse. 
De todos, uno de ellos cambió mi estado de ánimo de inmediato con un gesto muy sencillo que no esperaba recibir.

Yo no lo había visto, más bien, fue él quien de lejos me vio a mi, y vino con una felicidad genuina a darme un fuerte abrazo y saludarme. Hacía tiempo (semanas) que no nos cruzábamos, que no hablábamos.
No sé si te ocurre a menudo, pero al menos yo me doy cuenta cuándo ciertos abrazos o apretones de manos, o saludos, son por mera formalidad o porque de verdad la otra persona (o vos, cuando lo das) sentís esa amistad como algo serio. Ocurre también cuando nos damos el saludo de paz durante la Misa. Uno puede notar fácilmente el saludo frio o tibio de algunas personas, y el saludo fervoroso, animado y muy fraterno de otras.

En ese gran abrazo, en su saludo, y su interés por saber cómo andaba, sentí esto de ser comunidad nuevamente, esto de ser (en la PUR, en la Iglesia) una familia en torno a Dios. 
Dios me demostraba nuevamente que allí estaba, haciéndose presente por medio de ese amigo, que con ese gran abrazo me decía "¡dale, vamos, adelante, ánimo!".
En seguida me cambió la cara y esa felicidad volvió. Ese corazón que se estaba enfriando, volvió a funcionar a toda máquina, encontró nuevamente su identidad, su rumbo.



Todos estamos llamados a hacer lo que hizo este amigo conmigo. Tenemos -todos- el deber de ser levadura en la masa, y ¿qué mejor que dar testimonio con la alegría, con la felicidad que brota del espíritu?. Necesitamos alentarnos, como en toda familia los padres alientan a sus hijos a continuar, a luchar por la vida. Necesitamos preocuparnos más unos por otros, interesarnos por la vida del otro como lo hace Cristo. Esto es lo que nos diferencia de muchas personas, que pueden ver a los otros como "uno más", como alguien que me puede traer ciertos beneficios, como un medio para llegar a un objetivo personal, etc...

Luego de ese gran abrazo, me reí, bailé con los chicos y, por supuesto, hablé con muchos de ellos. Se notaba que habían vivido días intensos y que, en contacto con la naturaleza y en clima más relajado, se habían encontrado con el Señor y Él los había revitalizado.

Minutos más tarde participamos de la Eucaristía. En ella celebramos los 2012 años de Iglesia y recordamos aquel día en que los discípulos y María Santísima fueron llenos del Espíritu Santo, quien los alentó para que salieran a anunciar a todo el mundo las proezas de Dios. 
Luego de finalizada la Misa, el tiempo empeoró, por lo que una de las hermanas propuso volver a la ciudad y los otros cuatro aceptamos.

De regreso, vimos en la ruta a un seminarista y un sacerdote. El seminarista estaba esperando un colectivo para ir a Rosario. Entonces nos detuvimos para llevarlo, pero cuando lo hicimos, el colectivo (que venía detrás nuestro) frenó y él subió rápidamente, por lo que no nos pudimos ver.

Sin embargo, minutos más tarde le envié un SMS y terminamos encontrándonos en la casa de las hermanas consagradas. Allí almorzamos y hablamos durante casi 3 horas. Una charla muy linda.

Luego de ahí, acompañé al joven seminarista hasta la terminal de ómnibus, donde debía tomar su colectivo para volver al Seminario. 
El día fue intenso y cargado de grandes momentos.
Me asombré de todo lo que Dios me tenía preparado para este fin de semana. ¡No lo esperaba!, y me vinieron nuevamente al oído, a la mente y por supuesto al corazón, esas palabras del salmista que dice "¡Qué grandes son tus obras Señor, qué profundos tus proyectos!" (Salmo 92, 6).

Todo esto desembocó en ganas de hacer un video con algunas imágenes de lo que hemos vivido este último año o año y medio en la Pastoral Universitaria. Momentos increíbles, cargados de sentido, como el abrazo de mi amigo, que a veces olvidamos por el trajín del día a día.
Que estos momentos, queden impregnados en lo más profundo de tu corazón. Nunca olvides todo el bien que has hecho. No olvides tus aventuras con el Señor. Que esto te sirva para motivarte e impulsarte a seguir haciendo el bien en nombre de Dios.



   

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