El
Papa Benedicto XVI definió como "entusiasmante, alegre y profundo" el discurso sobre
la Nueva Evangelización que el viernes 17 de febrero de 2012 pronunció
el actual cardenal Timothy Dolan. Se trató de un encuentro a puertas cerradas
al que asistieron el Papa y 133 cardenales.
No solo el Santo Padre expresó su gratitud al nuevo Cardenal de New York, por el excelente discurso que brindó, sino que el resto del colegio cardenalicio quedó muy entusiasmado. Lo han catalogado incluso como "uno de los encuentros más entusiasmantes que se han celebrado en el Vaticano" durante la era Ratzinger.
Video resumen del discurso del Card. Dolan.
¿Qué es un Cardenal?
Si bien todo el discurso ha sido excelente, a continuación recogemos algunos puntos que nos parecieron muy importantes. En especial, el segundo, el cual creemos que debería tener presente todo laico/a, todo cristiano, independientemente de su papel dentro de la Iglesia, y el quinto, que contiene siete apartados con comentarios e historias atrapantes.
- "¡Vayan, y hagan discípulos en
todas las naciones!" (...) El cómo, el cuándo y el dónde pueden cambiar,
pero el mandato sigue siendo el mismo, así como el mensaje y la
inspiración: "Jesucristo... el mismo ayer, hoy y siempre".
- Acogemos
la enseñanza del Concilio Vaticano II, especialmente en lo que está
expresado en los documentos Lumen Gentium, Gaudium et Spes y Ad Gentes,
que especifican con precisión cómo entiende la Iglesia su propio deber
evangélico, llamando a toda la Iglesia misionera; es decir, que todos
los cristianos, en virtud del bautismo, la confirmación y la eucaristía,
son evangelizadores.
- La nueva evangelización
se convierte en el reto de aplicar la llamada de Jesús a la conversión
del corazón, (...) a los creyentes y
culturas en las que la sal del evangelio ha perdido su sabor.
- El
reconocido misionero televisivo, arzobispo Fulton J. Sheen, dijo: "La
primera palabra de Jesús a sus discípulos fue 'vengan', y la última fue
'vayan'. Uno no puede 'ir' a menos que primero no haya 'venido' a Él".
- Un
gran reto, tanto para la misión ad gentes como a la nueva
evangelización, es el llamado secularismo. (...) Esta secularización nos llama a una estrategia eficaz de evangelización. Permítanme exponerla en siete puntos:
- Este
es mi primer punto: Compartimos la convicción de los filósofos y poetas
del pasado, los cuales no tenían la ventaja de haber recibido la
revelación. Y, por eso, incluso una persona que dice adherirse al
secularismo y despreciar las religiones, tiene dentro de sí una chispa
de interés en el más allá, y reconoce que la humanidad y la creación
serían un enigma absurdo sin un concepto de 'creador'. Sí,
podríamos tomar prestado lo que los apóstoles le dijeron a Jesús en el
evangelio del domingo: ¡"todos te buscan"! Y te están buscando incluso
hoy...
- Esto me lleva al segundo punto: este hecho nos da una inmensa confianza
y el coraje decisivo para cumplir con el sagrado deber de la misión y
la nueva evangelización. (...) Después
del Concilio, la buena noticia era que el triunfalismo en la Iglesia
había muerto. Pero, por desgracia, ¡también la confianza!.
Lo
que nos mantiene lejos de la arrogancia y de la soberbia del
triunfalismo es el reconocimiento de lo que nos enseñó el papa Pablo VI
en la Evangelii Nuntiandi: ¡la Iglesia misma tiene siempre la necesidad
de ser evangelizada!.
- Dios
no sacia la sed del corazón humano con un concepto, sino a través de una
persona que se llama Jesús. (...) La invitación implícita (...) no es una doctrina, sino un llamado a
conocer, amar y servir --no a algo--, sino a alguien.
- Y aquí está el cuarto punto: esta persona, este Jesús de Nazaret, nos
dice que Él es la verdad. Por lo tanto, nuestra misión tiene una
sustancia, un contenido. (...) nos
encontramos con el reto de combatir el analfabetismo catequético. Su
eminencia el cardenal George Pell, dijo que "no es tan cierto que las
personas han perdido la fe, sino que no la tuvieron desde el inicio; y
si la había de algún modo, era tan insignificante que podía ser
fácilmente arrancada".
(...) Esto
nos lleva a pensar en la Iglesia (...) como una Misión en sí misma. Como nos enseñó el beato Juan Pablo II
en la encíclica Redemptoris Missio, la Iglesia no tiene una misión,
como si la "misión" fuera una cosa entre las muchas que Iglesia hace.
No, la Iglesia es una misión, y cada uno de nosotros que confiesa a
Jesús como Señor y Salvador debería interrogarse sobre su propia
eficacia en la misión.
- El punto cinco: el misionero, el evangelizador, debe ser una
persona alegre. "La alegría es el signo infalible de la presencia de
Dios", afirma Leon Bloy. Cuando asumí como arzobispo de Nueva York un
sacerdote me dijo "sería mejor si deja de sonreir cuando va por las
calles de Manhattan o ¡terminará por hacerse arrestar!".
La nueva evangelización se realiza con una sonrisa, no con el ceño fruncido.
¡La Iglesia es básicamente un sí, ¡no un no!
- Y, penúltimo punto, la Nueva Evangelización, es un acto de amor. Recientemente le preguntaron a nuestro hermano John Thomas
Kattrukudiyil, obispo de Itanagar, en el noreste de la India, el motivo
del enorme crecimiento de la Iglesia en su diócesis, que registra más de
diez mil conversiones de adultos al año.
"Porque
presentamos a Dios como un Padre amoroso, y porque la gente ve que la
Iglesia los ama", respondió. No es un amor etéreo, añadió, sino un amor
encarnado en maravillosas escuelas para los niños, clínicas para los
enfermos, casas para los ancianos, orfanatos, alimentos para los
hambrientos.
En
Nueva York, hasta el corazón del más convencido secularizado se
enternece cuando visita una de nuestras escuelas católicas de la ciudad.
- Alegría, amor y... último punto... siento decirlo, la sangre.
Un
joven de Nueva York me dijo que volvió a la fe católica, abandonada en
la adolescencia, después de haber leído ‘Los monjes de Tibhirine', sobre
los trapenses martirizados en Argelia quince años atrás, y al haber
visto su historia en el film francés ‘De dioses y hombres'. Tertuliano no se sorprendería.
(...) Mañana, Veintidós de nosotros (haciendo alusión a los futuros 22 Cardenales) oirán lo que la mayoría de ustedes ya han oído:
"Para la gloria de Dios y en honor de la Sede Apostólica recibe esta
birreta, signo de la dignidad cardenalicia, sabiendo que tendrás que
actuar con fortaleza hasta el derramamiento de tu sangre: para la
difusión de la fe cristiana, la paz y la tranquilidad del pueblo de
Dios, la libertad y el crecimiento de la Santa Iglesia Romana."
Quizás conviene concluir simplemente con este pensamiento: tenemos
necesidad de decir de nuevo, como un niño, la verdad eterna, la belleza y
la sencillez de Jesús y de su Iglesia.
¡Alabado sea Jesucristo!
Discurso del Arzobispo Timothy Dolan (ahora Cardenal) a los Cardenales sobre la Nueva Evangelización. Pronunciado el 17 de Febrero, en la Santa Sede.
A continuación, el discurso completo del Card. Timothy Dolan
Santísimo Padre, señor cardenal Sodano, queridos hermanos:
¡Alabado sea Jesucristo!
Se
remonta al último mandato de Jesús: "¡Vayan, y hagan discípulos en
todas las naciones!", es tan actual como la Palabra de Dios que hemos
escuchado en la liturgia de esta mañana...
Me
refiero al deber sagrado de la nueva evangelización. Es "siempre
antigua, siempre nueva". El cómo, el cuándo y el dónde pueden cambiar,
pero el mandato sigue siendo el mismo, así como el mensaje y la
inspiración: "Jesucristo... el mismo ayer, hoy y siempre".
Estamos
reunidos en el caput mundi, evangelizada por los apóstoles Pedro y
Pablo; en la ciudad de la que el sucesor de Pedro "ha enviado"
evangelizadores a ofrecer la Persona, el mensaje y la invitación que
están en el corazón de la evangelización, para toda la Europa, hasta el
"nuevo mundo", en la era de los "descubrimientos geográficos", así como
en África y Asia en tiempos más recientes.
Estamos
reunidos frente a la basílica, donde el celo evangélico de la Iglesia
se expandió durante el Concilio Vaticano II; cerca de la tumba del sumo
pontífice que ha creado el término "Nueva Evangelización", familiar para
todos.
Nos
reunimos agradecidos por la compañía fraternal de un pastor que nos
hace recordar todos los días, el desafío de la nueva evangelización.
Sí, estamos aquí juntos como misioneros, como evangelizadores.
Acogemos
la enseñanza del Concilio Vaticano II, especialmente en lo que está
expresado en los documentos Lumen Gentium, Gaudium et Spes y Ad Gentes,
que especifican con precisión cómo entiende la Iglesia su propio deber
evangélico, llamando a toda la Iglesia misionera; es decir, que todos
los cristianos, en virtud del bautismo, la confirmación y la eucaristía,
son evangelizadores.
Sí,
el Concilio ha reiterado, sobre todo en Ad Gentes, que si bien son
misioneros explícitos aquellos enviados a los lugares donde las personas
nunca han oído el nombre mediante el cual todos los hombres han sido
salvados, sin embargo, no hay cristiano que esté excluido de la tarea de
dar testimonio de Jesús, transmitiendo a los demás el llamado del Señor
en la vida cotidiana.
Por
lo tanto, la misión se ha convertido en el punto central de la vida de
cada Iglesia local, de cada creyente. La naturaleza misionera se renueva
no sólo en un sentido geográfico, sino en el sentido teológico, en
tanto el destinatario de la 'misión' no es sólo el no creyente, sino el
creyente. Algunos se preguntaban si esta ampliación del concepto de la
evangelización hubiese debilitado involuntariamente el significado de la
misión 'ad gentes'.
El
beato Juan Pablo II ha desarrollado esta nueva comprensión del término,
haciendo hincapié en la evangelización de la cultura, en cuanto el
parangón entre fe y cultura sustituyó la relación entre la Iglesia y el
Estado que prevaleció hasta el Concilio, y en este cambio de acento
consiste la tarea de reevangelizar culturas que alguna vez fueron el
verdadero motor de los valores evangélicos. Así, la nueva evangelización
se convierte en el reto de aplicar la llamada de Jesús a la conversión
del corazón, no sólo ad extra sino también ad intra; a los creyentes y
culturas en las que la sal del evangelio ha perdido su sabor. Por lo
tanto, la misión se dirige no sólo a Nueva Guinea, sino también a Nueva
York.
En
la Redemptoris Missio, número 33, el beato Juan Pablo II presentó este
planteamiento, haciendo una distinción entre la evangelización primaria
--el anuncio de Jesús a los pueblos y contextos socioculturales donde
Cristo y su Evangelio no son conocidos--, y la nueva evangelización --el
reavivar la fe en la gente y las culturas en las que se ha apagado--, y
la atención pastoral de las iglesias que viven la fe y han reconocido
su compromiso universal.
Está
claro que no hay oposición entre la misión ad gentesy la nueva
evangelización: no se trata de un aut-autsino de un et-et. La Nueva
Evangelización genera misioneros entusiastas, y aquellos que están
comprometidos en la misión ad gentes deben dejarse evangelizar
continuamente.
Desde
el Nuevo Testamento, la misma generación que recibió la misión ad
gentes del Maestro en el momento de la Ascensión necesitaba que san
Pablo la exhortase a "reavivar el carisma de Dios", reavivando la llama
de la fe depositada en ellos. Esto es sin duda, uno de los primeros
ejemplos de la nueva evangelización.
Y
más recientemente, durante el alentador Sínodo sobre África, hemos
escuchado las voces de nuestros hermanos que están ejerciendo su
ministerio en los lugares donde la cosecha de la misión ad gentes era
rica, pero ahora que han pasado dos o tres generaciones, también ellos
sienten la necesidad de una nueva evangelización.
El
reconocido misionero televisivo, arzobispo Fulton J. Sheen, dijo: "La
primera palabra de Jesús a sus discípulos fue 'vengan', y la última fue
'vayan'. Uno no puede 'ir' a menos que primero no haya 'venido' a él".
Un
gran reto, tanto para la misión ad gentes como a la nueva
evangelización, es el llamado secularismo. Escuchemos cómo lo describe
el Santo Padre: "La secularización, que se presenta en las culturas como
una configuración del mundo y de la humanidad sin referencia a la
Trascendencia, invade todos los aspectos de la vida diaria y desarrolla
una mentalidad en la que Dios de hecho está ausente, total o
parcialmente, de la existencia y de la conciencia humanas. Esta
secularización no es sólo una amenaza exterior para los creyentes, sino
que ya desde hace tiempo se manifiesta en el seno de la Iglesia misma.
Desnaturaliza desde dentro y en profundidad la fe cristiana y, como
consecuencia, el estilo de vida y el comportamiento diario de los
creyentes. Estos viven en el mundo y a menudo están marcados, cuando no
condicionados, por la cultura de la imagen, que impone modelos e
impulsos contradictorios, negando en la práctica a Dios: ya no hay
necesidad de Dios, de pensar en él y de volver a él. Además, la
mentalidad hedonista y consumista predominante favorece, tanto en los
fieles como en los pastores, una tendencia hacia la superficialidad y un
egocentrismo que daña la vida eclesial." (Discurso de Su Santidad
Benedicto XVI a la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio para la
Cultura, 8.III.2008).
Esta secularización nos llama a una estrategia eficaz de evangelización.
Permítanme exponerla en siete puntos:
1.
A decir verdad, al invitarme a hablar sobre este tema "El anuncio del
Evangelio hoy: entre misión ad gentes y la nueva evangelización", el
eminentísimo secretario de Estado, me pidió contextualizar el
secularismo, sugiriendo que mi archidiócesis de Nueva York es quizá "la
capital de la cultura secularizada".
Pero,
--y creo que mi amigo y colega, el cardenal Edwin O'Brien, que creció
en Nueva York, estará de acuerdo--, yo diría que Nueva York, a pesar de
dar la impresión de ser secularizada, es sin embargo una ciudad muy
religiosa.
Incluso
en los lugares que suelen ser clasificados como "materialistas", tales
como los medios de comunicación, el entretenimiento, las finanzas, la
política, el arte, la literatura, hay una innegable apertura a la
trascendencia, ¡a lo divino!
Los
cardenales que sirven a Jesús y a su Iglesia en la Curia Romana pueden
recordar el discurso de Su Santidad por la Navidad hace dos años, en el
que se celebraba esta apertura natural a lo divino, incluso en aquellos
que dicen adherirse al secularismo:
"...Considero
importante sobre todo el hecho de que también las personas que se
declaran agnósticas y ateas deben interesarnos a nosotros como
creyentes. Cuando hablamos de una nueva evangelización, estas personas
tal vez se asustan. No quieren verse a sí mismas como objeto de misión,
ni renunciar a su libertad de pensamiento y de voluntad. Pero la
cuestión sobre Dios sigue estando también en ellos... Como primer paso
de la evangelización debemos tratar de mantener viva esta búsqueda;
debemos preocuparnos de que el hombre no descarte la cuestión sobre Dios
como cuestión esencial de su existencia; preocuparnos de que acepte esa
cuestión y la nostalgia que en ella se esconde... Creo que la Iglesia
debería abrir también hoy una especie de "atrio de los gentiles" donde
los hombres puedan entrar en contacto de alguna manera con Dios sin
conocerlo y antes de que hayan encontrado el acceso a su misterio, a
cuyo servicio está la vida interna de la Iglesia".
Este
es mi primer punto: Compartimos la convicción de los filósofos y poetas
del pasado, los cuales no tenían la ventaja de haber recibido la
revelación. Y, por eso, incluso una persona que dice adherirse al
secularismo y despreciar las religiones, tiene dentro de sí una chispa
de interés en el más allá, y reconoce que la humanidad y la creación
serían un enigma absurdo sin un concepto de 'creador'.
En
el cine hay ahora una película llamada The Way (El Camino), en la que
uno de los protagonistas es un conocido actor, Martin Sheen. Quizás la
hayan visto. Hace el papel de un padre cuyo hijo distanciado muere
mientras recorre el Camino de Santiago de Compostela en España. El
angustiado padre decide completar la peregrinación en lugar del hijo
perdido. Es el icono del hombre secular: satisfecho de sí mismo,
despectivo hacia Dios y la religión, que se definía "excatólico", cínico
frente a a la fe... pero, sin embargo, es incapaz de negar que dentro
de sí hay un interés irresistible de conocer más allá, una sed de algo
más -o alguien más--, que crece en él a lo largo del camino.
Sí,
podríamos tomar prestado lo que los apóstoles le dijeron a Jesús en el
evangelio del domingo: ¡"todos te buscan"! Y te están buscando incluso
hoy...
2.
Esto me lleva al segundo punto: este hecho nos da una inmensa confianza
y el coraje decisivo para cumplir con el sagrado deber de la misión y
la nueva evangelización. "No tengan miedo", como suele decirse, es la
exhortación más repetida en la Biblia.
Después
del Concilio, la buena noticia era que el triunfalismo en la Iglesia
había muerto. Pero, por desgracia, ¡también la confianza!
Estamos
convencidos, confiados y valientes con la nueva evangelización gracias
al poder de la Persona que nos ha confiado esta misión --da la
casualidad de que es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad--, y
gracias a la verdad de su mensaje y la profunda apertura a lo divino,
incluso entre las personas más secularizadas de nuestra sociedad actual.
¡Seguros, sí!
Triunfalistas, ¡nunca más!
Lo
que nos mantiene lejos de la arrogancia y de la soberbia del
triunfalismo es el reconocimiento de lo que nos enseñó el papa Pablo VI
en la Evangelii Nuntiandi: ¡la Iglesia misma tiene siempre la necesidad
de ser evangelizada!
Esto
nos da la humildad de admitir que nemo dat quod non habet (nadie da lo que no tiene), que la
Iglesia tiene una profunda necesidad de conversión interior, algo
medular en la llamada a la evangelización.
3.
Un tercer elemento para una misión eficaz es la conciencia de que Dios
no sacia la sed del corazón humano con un concepto, sino a través de una
persona que se llama Jesús. La invitación implícita en la misión ad
gentes y la nueva evangelización no es una doctrina, sino un llamado a
conocer, amar y servir --no a algo--, sino a alguien.
Santo
Padre, cuando comenzó su pontificado, nos invitó a una amistad con
Jesús, expresión con la que Usted ha definido la santidad. Es el amor de
una Persona, una relación personal que está en el origen de nuestra fe.
Como
escribe san Agustín: "Ex una sane doctrina impressam fidem credentium
cordibus ingulorum qui hoc idem credunt verissime dicimus, sed aliud
sunt ea quae creduntur, aliud fides qua reduntur" (De Trinitate, XIII,
2.5).
4.
Y aquí está el cuarto punto: esta persona, este Jesús de Nazaret, nos
dice que Él es la verdad. Por lo tanto, nuestra misión tiene una
sustancia, un contenido. A veinte años de la publicación del Catecismo
de la Iglesia Católica, en el quincuagésimo aniversario de la apertura
del Concilio Vaticano II y al umbral de este Año de la fe, nos
encontramos con el reto de combatir el analfabetismo catequético.
Es
verdad que la nueva evangelización es urgente, porque a veces el
secularismo ha ahogado el grano de la fe; pero esto fue posible porque
muchos creyentes no tienen la mínima idea de la sabiduría, la belleza y
la coherenciade la Verdad.
Su
eminencia el cardenal George Pell, dijo que "no es tan cierto que las
personas han perdido la fe, sino que no la tuvieron desde el inicio; y
si la había de algún modo, era tan insignificante que podía ser
fácilmente arrancada".
Por
eso el cardenal Avery Dulles nos ha llamado a una neoapologética, no
radicada en discusiones vacías, sino en la Verdad que tiene un nombre,
Jesús.
Del
mismo modo, cuando el beato John Henry Newman recibió la tarjeta para
la nominación al Colegio de Cardenales, advirtió sobre los peligros del
liberalismo en la religión, es decir, "la doctrina según la cual no hay
ninguna verdad positiva en la religión, en que un credo vale tanto como
otro. La religión revelada no es una verdad, sino un sentimiento y una
preferencia personal".
Cuando
Jesús nos dice "Yo soy la Verdad", dijo también que es "el Camino y la
Vida." El camino de Jesús es al interior y a través de su Iglesia, que
como una madre santa nos da la Vida del Señor.
"¿Cómo
lo habrías conocido a Él si no a través de Ella?", preguntaba De Lubac,
haciendo referencia a la relación inseparable entre Jesús y su Iglesia.
Por lo tanto, nuestra misión, esta nueva evangelización, tiene unas dimensiones catequéticas y eclesiales.
Esto
nos lleva a pensar en la Iglesia de una manera renovada: a pensar en
ella como una Misión en sí misma. Como nos enseñó el beato Juan Pablo II
en la encíclica Redemptoris Missio, la Iglesia no tiene una misión,
como si la "misión" fuera una cosa entre las muchas que Iglesia hace.
No, la Iglesia es una misión, y cada uno de nosotros que confiesa a
Jesús como Señor y Salvador debería interrogarse sobre su propia
eficacia en la misión.
En
los últimos cincuenta años desde la apertura del Concilio, hemos visto a
la Iglesia pasar por las últimas etapas de la Contrarreforma y volver a
descubrirse como una obra misionera. En algunos lugares esto ha
significado un nuevo descubrimiento del Evangelio. En los países
cristianos ya ha dado lugar a una reevangelización que abandona las
aguas estancadas de la conservación institucional y, como Juan Pablo II
ha enseñado en la Novo Millennio Ineunte, nos invita a despegar en pos
de una pesca eficaz.
En
muchos de los países aquí representados, alguna vez la cultura y el
entorno social transmitían el evangelio, pero hoy en día no es así.
Ahora, por lo tanto, el anuncio del evangelio --la invitación explícita a
entrar en la amistad con el Señor Jesús--, debe estar en el centro de
la vida católica y de todos los católicos. Pero en todo momento, el
Concilio Vaticano II y los grandes papas que le han dado una
interpretación autorizada, nos impulsan a llamar a nuestra gente a
pensarse como un despliegue de misioneros y evangelizadores.
5.
Cuando era seminarista en el Colegio Norteamericano, todos los
estudiantes de teología del primer año de todos los ateneos de Roma
fueron invitados a una misa en San Pedro celebrada por el prefecto de la
Congregación para el Clero, el cardenal John Wright.
Esperábamos
una homilía densa. Pero él empezó pidiéndonos: "Seminaristas, háganme
un favor a mí y a la Iglesia: cuando vayan por las calles de Roma,
¡sonrían!".
Por
lo tanto, el punto cinco: el misionero, el evangelizador, debe ser una
persona alegre. "La alegría es el signo infalible de la presencia de
Dios", afirma Leon Bloy. Cuando asumí como arzobispo de Nueva York un
sacerdote me dijo "sería mejor si deja de sonreir cuando va por las
calles de Manhattan o ¡terminará por hacerse arrestar!"
Un
enfermo terminal de sida en la casa Don de la Paz llevada por las
Misioneras de la Caridad en la archidiócesis de Washington del cardenal
Donald Wuerl, pidió ser bautizado. Cuando el sacerdote le pidió una
expresión de fe, murmuró: "lo que sé es que soy un infeliz, y las
hermanas en cambio son muy felices, incluso cuando las insulto y les
escupo. Ayer finalmente les pregunté la razón de su felicidad y ellas me
contestaron "Jesús". Yo quiero a este Jesús para que así yo también
pueda ser feliz.
Un verdadero acto de fe, ¿no?
La nueva evangelización se realiza con una sonrisa, no con el ceño fruncido.
La
misión ad genteses, básicamente, un sí a todo aquello que hay de
decente, bueno, verdadero, bello y noble en la persona humana.
¡La Iglesia es básicamente un sí, ¡no un no!
6.
Y, penúltimo punto, la Nueva Evangelización, es un acto de amor.
Recientemente le preguntaron a nuestro hermano John Thomas
Kattrukudiyil, obispo de Itanagar, en el noreste de la India, el motivo
del enorme crecimiento de la Iglesia en su diócesis, que registra más de
diez mil conversiones de adultos al año.
"Porque
presentamos a Dios como un Padre amoroso, y porque la gente ve que la
Iglesia los ama", respondió. No es un amor etéreo, añadió, sino un amor
encarnado en maravillosas escuelas para los niños, clínicas para los
enfermos, casas para los ancianos, orfanatos, alimentos para los
hambrientos.
En
Nueva York, hasta el corazón del más convencido secularizado se
enternece cuando visita una de nuestras escuelas católicas de la ciudad.
Cuando uno de nuestros benefactores, que se definía como agnóstico, le
preguntó a la hermana Michelle, por qué a su edad y con dolores de
artritis en las rodillas, seguía trabajando en una escuela hermosa, pero
muy exigente, ella respondió: "Porque Dios me ama y yo lo amo y quiero
que estos niños descubran este amor."
7. Alegría, amor y... último punto... siento decirlo, la sangre.
Mañana,
veintidós de nosotros oirán lo que la mayoría de ustedes ya han oído:
"Para la gloria de Dios y en honor de la Sede Apostólica recibe esta
birreta, signo de la dignidad cardenalicia, sabiendo que tendrás que
actuar con fortaleza hasta el derramamiento de tu sangre: para la
difusión de la fe cristiana, la paz y la tranquilidad del pueblo de
Dios, la libertad y el crecimiento de la Santa Iglesia Romana."
Santísimo Padre, ¿podría, por favor, saltar lo del "derramamiento de tu sangre" cuando me entregue la birreta?
¡Por
supuesto que no! Pero nosotros somos audiovisuales escarlata para todos
nuestros hermanos y hermanas que también están llamados a sufrir y
morir por Jesús.
Fue
Pablo VI quien observó sabiamente que el hombre moderno aprende más de
los testigos que de los maestros, y el supremo testimonio es el
martirio.
Hoy en día, lamentablemente, tenemos mártires en abundancia.
Gracias,
Santo Padre, porque nos recuerda a menudo a aquellos que hoy en día
sufren la persecución a causa de su fe en todo el mundo.
Gracias
al cardenal Koch, porque cada año llama a la Iglesia a un "día de
solidaridad" con los perseguidos por causa del evangelio, y por la
invitación a nuestros interlocutores en el ecumenismo y en el diálogo
interreligioso a un "ecumenismo en el martirio".
Mientras
lloramos a los mártires cristianos; mientras los amamos, oremos con y
por ellos; mientras actuamos enérgicamente en su defensa, estamos
también muy orgullosos de ellos, nos sentimos orgullosos de ellos y
proclamamos su testimonio supremo al mundo.
Ellos encienden la chispa de la misión ad gentesde la Nueva Evangelización.
Un
joven de Nueva York me dijo que volvió a la fe católica, abandonada en
la adolescencia, después de haber leído ‘Los monjes de Tibhirine', sobre
los trapenses martirizados en Argelia quince años atrás, y al haber
visto su historia en el film francés ‘De dioses y hombres'.
Tertuliano no se sorprendería.
Gracias
a ustedes, santo padre y hermanos, por soportar mi italiano básico.
Cuando el cardenal Bertone me pidió que hablara en italiano, estuve
preocupado porque yo hablo italiano como un niño.
Pero
entonces me acordé de que cuando era un joven sacerdote, recién
ordenado, mi primer párroco me dijo mientras iba a enseñar el catecismo a
los niños de seis años: "¡Ahora vamos a ver que hará toda tu teología, y
si podrás hablar de la fe como un niño!".
Y
quizás conviene concluir simplemente con este pensamiento: tenemos
necesidad de decir de nuevo, como un niño, la verdad eterna, la belleza y
la sencillez de Jesús y de su Iglesia.
¡Alabado sea Jesucristo!
Card. Timothy Dolan